domingo

4 Poemas de Raquel Lanseros (España)

Como para saber lo que está sucediendo en España. Ahora unos textos de una de las poetas más reconocidas de ese país: Raquel Lanseros.
                                     Foto: Vladas Braziūnas

                    CONTIGO

 Porque no vive el alma entre las cosas
sino en la acción audaz de descifrarlas,
yo amo la luz hermana que alienta mis sentidos.

Mil veces he deseado averiguar quién soy.

Después de tantos nombres,
de tanta travesía hacia mi propia brújula,
podría abrazar la arena durante varios siglos.
Ver pasar el silencio y seguir abrazándola.

No está en mí la verdad, cada segundo
es un fugaz intento de atrapar lo inasible.
La verdad no está en nadie, y aún más lejos
yace del rey que de cualquier mendigo.
Si alguien está pensando en perseguirla
no debe olvidar esto:
el fuego ha sido siempre presagio de declive
como la intensidad antesala de olvido.

Cuando mis ojos vuelvan al origen,
pido un último don.
                          Nada más os reclamo.
Poned en mi sepulcro las palabras.
Las que dije mil veces
y las que habría deseado decir al menos una.

Guardad en mi costado las palabras.
Las que usé para amar,
las que aprendí a lo largo del camino,
las primeras que oí de labios de mi madre.

Envolvedme entre ellas sin reparo,
no temáis por su peso.
Pero cuidad con mimo la palabra contigo.
Tratadla con respeto.
Colocadla
         sobre mi corazón.
La verdad no está en nadie, pero acaso
las palabras pudieran engendrarla.

Quizá entonces aquel a quien dije contigo
y para quien contigo fue toda su costumbre,
se acostará a mi lado con ternura,
juntos en el vacío más sagrado,
cuando la eternidad toma nuestra medida,
cuando la eternidad se pronuncia contigo.


        RESISTENCIA AL CÁLCULO


Un silencio fecundo de rugidos
acompaña la tarde litoral y nubosa.
Es una playa ilesa del Pacífico.

Manzanillos de agua, heliconias gigantes
meciéndose en la brisa embriagada de nubes.
De repente, el milagro:
dos papagayos rojos
rebasan el umbral de lo posible.

Justo en ese momento
yo soy un marinero de la Santa María
mirando Guanahani desde el mástil.
Yo soy Keats descubriendo
el Homero de Chapman.
Gagarin comprendiendo
la soledad helada del espacio.
Tenochtitlán, Numancia,
Troya llorando a Héctor,
un órdago de Dios,
Edmund Dantès al viento.

Soy el roce de dos ramas resecas
que encendieron un fuego primitivo.

Es fácil de entender si sales de tu nombre.

En la Tierra el misterio.
Yo he venido
a ser ola a la vez que miro el mar.


                    HIMNO A LA CLARIDAD


A cambio de mi vida nada acepto.
¿Qué se puede ofrecer que valga más
que el calor de la llama, que la espiga
convocada a ser grano, que la noche
que dentro ya contiene el joven día?

Escucho mis pisadas sobre el suelo.
A lo lejos, alguien también las oye.
Tañido lastimero de campanas
en su oído. Eco de brasas tiernas
en el mío, que todavía es temprano
y en el cuerpo palpita el pulso errante.

Me pongo por testigo en esta hora,
cuando la lluvia lava más que riega
y los libros liberan más que nutren.

¿A qué esperáis? Encended los caminos,
que empapen bien los ojos. Recorredlos
mientras haya una lumbre en los pulmones,
mientras un niño aguarde su ocasión
de convertirse en hombre, mientras verbos
de orígenes distantes desemboquen
en una voz unida, mientras reinen
las noches que nos prenden, abrazad
el destello arcilloso de la tierra
que es nuestro hogar común,
                                    el verdadero.

A cambio de mi vida nada acepto,
aunque sepa -y bien que eso me duele-
que no siempre es el justo el encumbrado.
La luz es un oficio fugitivo,
impenitente en su aversión al óxido.

Aun así, yo me aferro a esta urdimbre,
a esta pila de huesos que me suman,
a este rayo en proceso, presentido
en su persecución de lo inefable.
La profecía acampa frente al cielo
con los párpados tersos y se afana
en avanzar en base a lo avanzado.

Que nada nos detenga. La llamada
del infinito debe obedecerse.
Soberana inquietud que nos animas,
enséñanos a merecer el néctar
de estos días que nos tocan. Muéstranos
un modo de luchar contra el vacío
de este dulce interludio. Que la fe
en la alegría posible no abandone
ni la razón despierta ni el recuerdo.

Sé que tengo sentido porque vivo,
y sé que no hay dolor ni menoscabo
que puedan inmolar esta fortuna
de ser en el presente, de existir,
de sentirme el orfebre del instante.

Yo soy mi propio riesgo. Doy por cierta
la sed de infinitud que me espolea.
Ante el placer de respirar me postro.

No hay verdad más profunda que la vida.


                     A LAS ÓRDENES DEL VIENTO

                   Para todos los que sienten que no están al mando

Me habría gustado ser discípula de Ícaro.
Hubiera sido hermoso festejar
                      las bodas de Calixto y Melibea.
Me habría gustado ser
         un hitita ante la reina Nefertari
         el joven Werther en Río de Janeiro
         la deslumbrante dama sevillana
             por la que Don José rechazó a Carmen.

Yo quisiera haber sido el huerto del poeta
              con su verde árbol y su pozo blanco
                                     el inspector fiscal
              con el que conversara Maiakovski.

Me habría gustado amarte. Te lo juro.


Sólo que muchas veces la voluntad no basta.

Raquel Lanseros (España)
Poeta y traductora, es una de las voces más premiadas y reconocidas de la actual poesía en español. 
Autora de los libros Leyendas del promontorio, Diario de un destello, Los ojos de la niebla, Croniria y Las pequeñas espinas son pequeñas, este último uno de los más vendidos en España en 2014. Croniria está publicado en Estados Unidos, mientras que Diario de un destello en francés se ha publicado en Francia bajo el título de Journal d'un scintillement. En Italia ha publicado Fino a che saremo Itaca. antología de sus poemas.

Texto de Javier Alvarado (Panamá)


DISPOSICIONES GENERALES

  
Allí donde se proponen obras sólo pretendo dejar lo que siempre me dan los bosques cuando se cortan las venas ante los espejos, toda esa savia verde que parecía ser mortal- en realidad era lo que nunca te atrevías a ver, a manifestarlo, a tatuarlo en la retina, a ser prófugos me dijiste- y otra vez volví a tomar la soledad de los mismos trenes, las mismas vueltas de tuerca, donde no hallaba ninguna cápsula o medio de escape. Este verso me araña, me corta los nervios de la conciencia, evade y pincha los corrientazos eléctricos del cerebro, me aísla de mí mismo, hace que me desconozca, me taladra los dedos y hasta que no escriba, la cólera de eyaculación creativa no cesa. Falo mi pensar y otra vez falo la palabra, he hallado muchas vulvas a mi alrededor, en los elementos de la naturaleza. Este señor que se llamó J.A. y que tal vez no conocí y que tal vez no sé cómo lo llamen en el futuro, se advino desde su too far país a unas tierras nunca pensadas antes, pero que me han dejado conocer la existencia de personas tan enjundiosas como tréboles e imaginar que siempre es posible que el arcoíris termine en el lugar de tu cabaña. Hay  hermosas imágenes que pretendo solo guardarme para mi, hypocrite lecteur.

Es como atravesar bosques con árboles de hojalata y tender las greñas o los cuervos posándose sobre tu abrigo teniendo las tres cualidades de los personajes del mago de Oz y tener algo de imaginería cuando te miran sin cesar por tu gran maleta creyéndote terrorista y sólo vas a buscar u oír poemas en otros sitios aislados o murmurados como los vuelos de las gaviotas (que se ríen como viejas señoras tertuliando al farol del atardecer) cuando nos dejamos aprender por el aire y sus bastiones, donde tal vez quiera hacer una llamada, estas cabinas telefónicas rojas como una rosa de espinas escarlatas, me encuentro en medio de la rosa, depositando sangre y lágrimas mentales para sentirme vivo y otra vez empezar a acumular las piedras desde estos soles morados que se ponen cada vez que alguien abre las  islas que ha acariciado el pene del otoño-.

No dejes definir esos solsticios o esos gestos que guardan las estatuas tan ansiosas de moverse o de rascarse las ingles mientras los miramos y sujetamos los lentes de las cámaras.

Así estamos. Acá he aprendido a bosquejar otros trazos, a escuchar otras voces, se me metieron árboles y corrientes gaélicas de agua en el oído. Oía hablar a otros seres en un idioma poco fluctuado para mí y creí conocerlos desde siempre, en sus cotidianidades, al ofrecerte en la mesa variedades de platos con remolachas, en la forma en que las madres cuidan a sus crías en los coches, al cruzar las aceras teniendo en cuenta el tramo DERECHO, ya que hay carreteras a la inversa, o bien en el subway donde te miran un tanto sin cesar, en elucubrar de dónde se ha llegado éste y siempre se encuentra a una Ariadna que con su hilo de risa conduciéndote a otro laberinto más acústico, más sosegado o más violento o más personal

-quizás esta es la entrada al país de los locoslo

dijiste                            lo mencionaste                    no lo recuerdas

ven a habitar                una montaña en Escocia

a olfatear las huellas en Las Minas -donde no habrá regreso

ven invádete

entra en la zarza de Dios


y ríete en la cara de tus enemigos


              







a través de sus cartas y escritos colmados de electrochoques y ansiolíticos, me hacen cavilar en esas oscuras escenas donde tal vez mi abuela fue puesta a recordarme


de Carta Natal al país de los Locos (Poeta en Escocia)



Javier Alvarado (Panamá, 1982)
Ha sido galardonado con el Premio Nacional de Poesía Joven de Panamá Gustavo Batista Cedeño en los años 2000, 2004, 2007 y 2014. Premio de Poesía Pablo Neruda 2004 y Premio de Poesía Stella Sierra en el 2007. Poeta residente por la Fundación Cove Park, Escocia, Reino Unido 2009. Mención de Honor del Premio Literario Casa de las Américas de Cuba 2010 con su obra Carta Natal al país de los Locos (Poeta en Escocia). Primer Premio de los X Juegos Florales Belice y Panamá, León Nicaragua con Ojos Parlantes para estaciones de ceguera. Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán 2011 en poesía con el libro Balada sin ovejas para un pastor de huesos. Premio Internacional de Poesía Rubén Darío de Nicaragua por su libro El mar que me habita. Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén 2012 por su libro Viaje Solar de un tren hacia la noche de Matachín.

martes

8 textos inéditos de Víctor Sosa (Uruguay)

Foto: Rocío Fuentes

In memoriam Coyolxauhqui

                                                                             No alzarás jaguar contra tu madre. Contra grávida madre –desde su ombligo en plumas, desde su fértil barro sudoroso–, la mano matricida no alzarás. Mas fue serpiente en parto, saltando útero fuera, decapitando hermana a ofidio fuego en fratricidio desmembrando aorta, morenos muslos púberes rodando. No alces, le dijeron, mas la celosa altiva alzó contra la madre, la enorme madre que pariendo guerra serpeó sobre lo aleve de la garra, de la réproba hija que se alzó. Pedazos, desmembrados pedazos femeninos que hoy en lunar filoso evacua menstruo. Huitzilopochtli, hijo –agradecida dijo entera madre. Mientras arriba desmembrada hija alumbra en Luna ira madre y sangra. 


***

                                                                                           Las jirafas duermen poco. Comparadas con los humanos o los topos, las jirafas duermen muy poco. Pliegan sus patas, las jirafas, como si fueran una tabla de planchar; plegables en sí dormitan sobre la sabana con el entreabierto ojo al predador. Un caso extremo de sueño breve, las jirafas. Sólo duermen durante unos minutos. A lo sumo una hora a todo lo largo de la lenta noche. Necesitan más de diez segundos para erguirse –desplegarse– sobre sus delgadas patas en el aire; diez segundos en la noche veloz, es mucho. Pese a todo, duermen. Se adaptan como Darwin, las jirafas. De no ser tan singular su anatomía, tan inoportuna (diez segundos y el tigre, diez segundos, la zarpa). De no ser así su sueño breve, la evolución hubiera suprimido, tal vez –comparadas con los humanos o los topos–, las jirafas.


***

                                                                                                                     Allá ella. Entre ese litoral de arena y ola, de sal y piel al sol, de pie, descalza. Allá ella entre juncos. En su ínsula sola, cormoranes; palmeras y a la sombra el pie propenso, el bucle de los dedos y ante la brisa el cuerpo en extensión de poros y propenso. Entre esa música –entrando ahí– allá ella respira y al unísono olas; atardeceres, líquenes, las olas. Largas tardes sus piernas. Un cántaro en la voz, un entre dientes cántaro la voz, sudores resbalando por alazanes muslos, en la voz. Ella en su playa y más acá, sedente, enrejado en lo afásico del vértigo, mortal y exhausto el que la mira, dónde.


***

“¡Soy el rey de la vida!”, grita un niño en el columpio de la Plaza 2 de mayo en Madrid, mientras leo estos versos de Kathleen Raine citados por Richard Dawkins: “El cielo le dijo a mi alma: ¡tienes lo que deseas! Este mundo lo compartes con la flor y con el tigre.” Y el niño, en el columpio, es el rey de la vida.


***

                                                     Avanzan sobre huertos los grandes paquidermos. Sobre las cuidadosas hortalizas, silenciosas simientes, pisando cotiledones, paquidermos. Avanzan corvos, álgidos, alfiles, y en su furioso miedo aplastan nardos, arrozal, acerolos. Huyen de los incendios, de los grandes glaciares, los incendios. De la insatisfacción, los elefantes, su tan ralo pelambre entre la arruga, su tan tranquila incuria y de repente. Huyen del meteorito, de los hombres, del ave lira horrible y en las patas –debajo de las patas– los roedores. Braman, roncos, barritan, y así tremiendo Brahma treme el orbe. Todo el planeta en su gerundio inquieta, girando incontenible y marabunta, los álgidos alfiles, paquidermos.  


***

In memoriam México sismo 1985

Debajo del derrumbe, debajo de los tezontles y antracitas, aún las uñas, creciendo para nada, de los muertos. Sobre pálidos dígitos –dedos en yemas ya apagadas–, entre cutículas las uñas, el suave calcio impúber de las uñas contra el torcido retruécano del hierro. Ante las tapiadas dentaduras los dedos son que cantan. Ante los trisados cristales en la tráquea –punzante estalactita al paladar–, los dedos son que en réquiem se derraman hacia una luz difusa, hacia ese resplandor que el polvo espesa. Cuerpos abrazados al basalto. Desmembrados pezones y prepucios y entre los cascabeles Coyolxauhqui. Debajo de los siglos y en la sima, en las raíces sísmicas del Templo –jade que en jaguar jadea lava–, latentes, homicidas, alzando luna uñas contra el sol.  


***

                                                                                                   El circuito del temor. Se trata del nervioso circuito del temor. Del ala de la amígdala en alarma golpeando en el estrépito postigos. La voz que ahí se aguza, la voz castrati al miedo que se aguza como de vidrio un piccolo horadando la usurera espesura del temor. La corteza auditiva hace su hipótesis: piensa oyendo si huir, si humedecer las sábanas de miedo en hormonal torrente o en asalto espeso asir el ruido, rugiendo ante el trastorno del temor. De ahí el tensor del tríceps, la activa dopamina muscular, minada la confianza en el rigor, en la tan tensa calma previa al grito; enlamada mirada que no ceja en espesa, ocular dilatación. Qué lucha quieta en todo nos recorre. ¿Qué aguza la corteza? Se trata del estrépito, postigos; caballos desbocados y postigos. Del nervioso circuito aquí se trata –¿ahora queda claro?– del temor.


***

                                                                                          Las manos sobre el fuego. Las delicadas, blancas sobre fuego. Porque alguien dijo arriba en tono cauto, conminándolo, cauto: Yo no pondría las manos sobre el fuego –dijo. Y entonces él sobre el volcán, sobre esos transversales lahares altos, sobre llameante Ganges siemprevivas, sobre el grisú entre minas posó manos. Mano ventral, decúbito, entre erizos, entre géiser flotando oro fecal. Yo no osaría –dijo–, pero él. Las manos sobre el ígneo. Las denodadas adoleciendo aún en sus cutículas. Los dedos llenos de alba. Incluso no despiertos como rayos mas en táctiles chispas, en táctil tic de yemas ovulando. Qué espeso huevo el tacto de la fe. Las manos sobre el fuego, de la fe. La furia opositora contra el cauto que conminando interdicciones teje. Sagradas gracias, sí, contra los guantes; contra la disforia del amianto la en fuego euforia, quemadura, gracias.


Víctor Sosa (Uruguay, 1956)
Poeta, ensayista, teórico de arte y de literatura, pintor y traductor de la lengua portuguesa. Es uno de los poetas más relevantes del actual neobarroco en lengua española. Desde 1983 vive en la Ciudad de México y en 1998 adquiere la nacionalidad mexicana.


Entre sus publicaciones se destacan Sunyata (1992, poesía); Gerundio (1996, poesía); La flecha y el bumerang (1997, ensayos); El Oriente en la poética de Octavio Paz (2000, ensayo); Decir es Abisinia (2001, poesía); El impulso, inflexiones sobre la creación (2001, ensayo); Derivas del arte contemporáneo en México (2003, crítica de arte); Los animales furiosos (2003, poesía); Mansión Mabuse (2004, poesía); La saga del Sordo (2006, poesía); la antología Sunyata & outros poemas (2006, publicada en Brasil, edición bilingüe); Nagasakipanema (2011, poesía), entre otros.

viernes

Texto de Boris Espezúa Salmón (Puno)

Uruy Uros: La Danza de los Peces


 La danza es dirigida.
Y solo el elegido vé. 
(...) la sangre pétrea y solar.

John Martinez


En medio del Lago Titikaka, donde pululan los verdes Moscardones, en una isla donde duerme el sol, los balseros Puli-pulis se desembarcan,
forman tres filas, una de hombres, otra de mujeres y la tercera de piedrecillas para convocar a los espíritus ausentes.
Empiezan a colgar sus collares de Peces diminutos alrededor del cuello y cuelgan también pequeñas balsas de totora en sus pechos, para disponerse a danzar al alba y adorar a las aguas del sagrado lago.

En medio de la danza elaboran el chuño, pisando la papa con gruesas capas de hielo, en la escarcha todavía se refleja el ojo morado de la noche,
teniendo de guardianes a Perros blancos contra los malos augurios. Los Peces sin ojos viven en el fondo del lago y sueñan con ver la luz que se enreda en la tierra y amarra los espíritus liberados, aquellos que van al picoteo dentro del reyno de la levedad, donde carambolas absurdas y endiabladas se esfuman en el aire.
La fiesta ocurre dentro de la carne, dentro del torrente sanguíneo que enrojece la sombra. Dentro de mí, baila una aguja de dolor de siglos que no termina de hincarme.
La danza llaga en los dedos de mis pulsiones, en los altos de mis sudores, en los táctiles rumores fiestos de mis quebrantos.

 Kusillo:
 Soy un demonio feliz, tengo el cuerpo recosido, roto,
 con la luz de mis pulsiones con flecos de cuero de
 segunda donde están las salpicaduras de las moscas.
 Salgo todos los setiembres y los febreros a desbalancear
 mi cuerpo y a desbaratar mi cabeza, por el hemisferio lateral.
 Llevo el resplandor de una llave oxidada para abrir alguna
 puerta que guardo para el futuro con un solo recuerdo
 que tiznea mis ojos.

Si el cielo está lleno de estrellas está abierto y acogedor a junio, que es el mes de las heladas de donde sale el buen chuño.
También alrededor de un cactus macho que sirve de santuario se rotura la tierra para asegurar la cosecha.
Se arroja al atardecer algunos chuños ya elaborados en las bravas aguas de la Mamakota para pagar el suelo bendecido.

La tierra dialoga con los astros chacareros, mientras la luna pasa por el cenit y el nadir, el lucero del danzante cruza los equinoccios y los solsticios.
El danzante que además es cazador de aves submarinas y peces voladores, ofrenda su danza al padre sol,
se arrodilla y llena sus manos con un puñado de tierra, que va rociando a sus costados.
Amarra hojas de coca y conjuntamente con la tierra lo entierra con tres escupitajos en un pequeño montículo hablando su lengua antigua.[1]

Hay algo de sagrado en esas ruinas que han acumulado en el pecho, es un apéndice astillado en los arrebatos de los excesos, en los remolinos del corazón, en las costuras de la sombra herida, en el espacio que he desarropado por vestir al aire.
Oteando por el viraje del viento, por el oleaje de los ensueños, los ocasos que me destruyen con su belleza baldía desde adentro.

Hay que buscar al Pez mayor bailando debajo de la lengua, hay que asegurarse que su sombra no se separe del desmelo de sus sueños y termine siendo un ripio Pez.
Para ello los pies en su ofertorio, se elevan a la altura de su fe. Más allá de su cabeza donde tiene un atuendo con plumas oscuras de Parihuana.
Las edades se juntan en la frente, se temporalizan los movimientos y al ritmo de los quenachos vuelan las aves de su pecho,
dando una invocación a los espíritus, clamando venir la lluvia, que reverdezca los sueños y que llene el hambre partido y desértico.

La danza tiene su lengua mojada de tempestades y paraísos, dos quebrantos que parten el sabor de sus anagramas, de su vocabulario indecible.
El báculo de los danzantes surca y corta el aire al ritmo del tambor para no voltear los sueños.
Para guardar en sus lenguas fardos enmudecidos, como cielos violados por tormentas en desdicha.
Es la lengua que se anuda de nuestros antepasados desde la profundidad pulmonar de nuestras heridas que estremece el fuego con su látigo que viene de lejos, como un duro sopapo del viento.
Esa lengua quitasueños, abre el corazón donde el grito despierta de a pocos con el ojo de una Mosca, ojo ciego que tiene la sabiduría de las sombras.

 Kusillo:
 Mi sombra adelgaza todos los días, cuando
 debajo de la noche y del aguacero tiembla
 el cuerpo.
 Tengo la mano encallada y voy dando vueltas
 en las danzas en un tiempo que me desconoce y
 me trata como una escarcha. Los Anchanchos son
 mis antepasados, quienes perviven en mis genes,
 donde corren las memorias oyendo el esperado
 llamado de Wiracocha. Se oyen violines en el aire
 y mi jodido parentesco con la nada se esfuma.

Esta lengua arroja sus Mastodontes rupestres, los primeros camélidos con su saliva sagrada.
Es lengua de danzante grotesco, infinitamente soledoso que como bola de fuego, rueda desde su arqueología para aplastar los universos. Es lengua de azahares sórdidos, lengua de perfumes alucinados.
Somos los danzantes sin nostalgia que nos zigzagueamos con el modal del cosmos.
Cuando el mal greda desprovisto, el espíritu zarandea sus figuraciones sin límites con su propia energía enciende los espectros del desahogo y la letalidad.

Los pies nuevamente se elevan a la altura de la fe. Se apura la danza para no salar su efecto y desatar más bien un cielo para que cargue en sus nubes la lluvia y sus curaciones a la tierra.
Una Mariposa que se posa en la piedra batiendo sus alas, confirma el éxito del rito, la buena vibra de los espíritus, junto a una Lombriz que se hunde en la tierra.

Los pies dejan de elevarse, en señal de fe el danzante cruza los brazos y abraza extinto al sol que ya se oculta,
cae de rodillas y de sus manos abiertas vuelan a contraluz las Aves blancas de su plegaria, hablando su lengua antigua. 
Hasta que el sol que amarra todos los misterios, de costado desata una tormenta, a la altura de la fe del danzante de la lluvia.
Los Peces se ocultan para romper el hechizo de que una salamandra aparezca a media noche en algún cuarto de totora para morder mortalmente el cuello de los infieles.
Los Peces se ocultan también cuando danza el céfiro, en su calentura y hace atravesar la noche para enfriarse de madrugada al filo de los verticales aguaceros.

 Ayarachi:

 Se danza mimetizándose con la naturaleza
 inspirado en el movimiento de las olas
 cadenciosas y ritualistas.
 Las danzemas de esos pasos, repiten el rito
 de hace muchos siglos: Sacralizar el dolor y
 hacer del tiempo un Erizo en la garganta.

Los Peces resbalosos tienen relámpagos en los pies y agradecen a la naturaleza por el alimento. El sol ya no danza en los trapecios de tus ojos.
Las aguas se tiñen de rojo cuando los danzantes derraman el chokori o el tinte que han mezclado con hojas y sangre de Gaviotas.
Así la Rana gigante que habita en el fondo del Lago sagrado, procurará la multiplicación de los Peces.
Los pescadores mezclan el chokori con barro para pintarse el rostro, los brazos y las piernas,
y asemejarse a la naturaleza pintada de magia que nos rodea, mientras los Perros blancos también danzan con el crepúsculo en la orilla, saludando a las nuevas aguas fértiles.[2]

Caída la tarde la espesura de la luz trinca todavía con el taconeo de la luna, cuando aparece la noche en el vértice del horizonte.
La danza de los Peces clava al aura sus últimas palabras, con su latido de soplo, sin su queja de olor a pescado, con un sol enterrado, picoteándome los ojos.
En algún lugar Manco Cápac hace reventar una ola gigantesca al intemperie, haciéndola caer en forma de paraguas con sus cristalinas chispas artificiales, que con aplausos salpicantes de agua, se despiden de su milenaria danza.


Boris Espezúa Salmón (Puno, 1960)

Es abogado y profesor egresado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
 Tiene publicados los siguientes libros: A través del ojo de un hueso (1988), Tránsito de Amautas y otros poemas (1990), Alba del pez herido (1998), Tiempo de cernícalo (2002).
El año 2009 obtuvo el Premio Internacional Copé de Oro, con el poemario: Gamaliel y el oráculo del agua.
 El texto reproducido aquí pertenece al libro Máscaras en el aire








[1]Santiago: El hombre con la máscara cree haber asimilado el poder animal, cree y se convence que siendo otro es verdadero y pleno, para realizarse en su inauténtico mundo, es el otro que desvanece el yo.

[2] Santiago: Rompiendo los arrecifes el Pez de oro saldrá de un Caracol, y el tiempo silbará de nuevo a los eclipses lunares, para el nuevo polen, para el nuevo cuerpo de azufre, para el nuevo rostro iluminado.